Siempre estuvimos ausentes, detrás del cristal tintado de un coche del cual no recuerdo marca.
Todo por el miedo a no ser aceptado y comprendido. A ese miedo que es casi innato. El miedo a la soledad. Pero en el que parecía un día cualquiera, ese profundo miedo desapareció. Tuvimos la seguridad imperante de que si dejábamos que ese miedo nos dominara y corroyera sería como estar muertos en vida, y eso siempre fue lo último que queríamos, preferiríamos antes la muerta verdadera.
A lo largo del tiempo, las experiencias de la vida nos hicieron ver que nunca estaríamos solos. Siempre habia alguien, incluso en momentos en los que queríamos paz, intimidad, alejarnos del mundo. Nos era imposible. No había dinero suficiente en el mundo para pagar por tener un minuto de soledad pura. Así fue como comprendimos tanto el valor de la soledad como el de la compañía, como supimos que nunca estaríamos solos, porque estábamos con nosotros mismos. La vida nos dió en la cara con la dificultad que tiene el conseguir los términos medios, pero que pasara lo que pasara, sería una de las principales metas en el tránsito de nuestras vidas.